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lunes, 27 de enero de 2014

El Vals de la muerte

Era un dia común en la sala de Hematoncologia, miles de sueros, miles de bolsas con medicamento, vomitos, sangre, llantos, miradas tristes, avisos de "codigo 1" cada tanto tiempo. 
Pero algo hizo distinto ese día a todos los días...

Una tez delicadamente blanca, de melena color caoba llegó, como cual prisionero a la guillotina, tendría quizas 13 o 14 años e iba con su madre y su hermana mayor.

Hechó una mirada hacia las 6 camas que le acompañarían ese día y probablemente todos los días que estuviera ahí.

Sin levantar la mirada tomó su bata y se encerró en el baño a cambiarse. Pasaron 20 largos minutos antes de que alguien le avisara que urgía entrar a "vaciar" para que cayera en cuenta que era una pesadilla hecha realidad.

Mientras tanto, comentaban unas a otras que razón había para que una infante sufriera lo que ellas de viejas están sufriendo. Con la diferencia que ellas están conscientes que se provocaron su pesar de diversas maneras, mientras que una niña que lo único que le preocupase era aprenderse la tabla 9, se raspaba las rodillas corriendo en los recreos y consumiera un chicle con sus amigas.

Salió del baño vestida con la bata amarillenta y la cara pálida y los ojos hinchados de tanto llorar... caminaba lentamente hacia su cama, su paso denotaba resignación y rabia a la vez.

Movió la cortina, para asegurarse de que los ojos curiosos no se cruzaran con su mente hundida y le preguntasen que parte de su cuerpo atacó despiadadamente el "cangrejo".

No almorzó, no cenó... se levantaba unicamente para darle la mirada a la ventana y observar las nubes por el día y la luna por las noches.


El vals de la muerte comenzaba, un cateter yacía en su vena y aquel líquido transparente goteaba lentamente por su sangre mientras pensaba y temía en cómo le iría al siguiente minuto... a la siguiente hora.

Le dijeron que perdería su hermosa melena, que palidecería y tendría un sinfin de síntomas normales del tratamiento... pero que con un poco de paciencia y tiempo, serian luego cosas del pasado. Seria un amargo pasado y que ya tenia media batalla ganada con el hecho de haber tenido el coraje de enfrentar al "cangrejo".


Le saludé cortesmente, saludo que escuchó pero ignoró como el ruido de las carretillas que llevan la pastilla de las 3 de la tarde a su cama.

Me despedí de la misma manera y recibí la misma respuesta... Silencio, silencio como las respuestas a sus miedos que de ahora en adelante quedarán marcados y vencidos al unísono sabor del coraje




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